A deshora con el reloj roto

 

Con la taza de café a medias, me pregunto la hora, no siempre, más bien casi nunca, venia nadie a aconsejarme sobre la hora en que tenía que irme, mas bien si acaso a imponerme. No me recordó si quiera a cuando era un chiquillo y mi padre se alteraba por que era inadecuado en mis formas y horas de asistir al colegio, o con  las ovejas. Las tareas que  entonces no tenía ya se encargaba de inventarlas. No estaba de más echarle imaginación a la hora de inventarme excusas. En esos momento lo más socorrido era lo de darme media vuelta antes que llegara mas de una vez la mano abierta a mi cara, pese a que no levantara un palmo del suelo y me moviera como un bicho endiablado, las distancias las detectaba, a la hora de dar un sopapo, como un radar de un submarino soviético.

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Nadie quería mirarme por viejo y la postura en que me encontraba.  Incluso empece a entender que no era yo quien sacaba mi bebida, si no la noche y se dedicaba a danzar con ella. La única idea que me paseaba por la mente era la de agujerear el camión (sutilmente) y seguir camino hasta donde teníamos apalabrado. Al fin y al cabo  si la merma era importante  la culpa no era del conductor. Total 50 euros  no era caro por ver la cara de alguien que no solo debería de pagar la falta, si no la confianza.

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Dar a un pequeño mendigo un poco de dinero por torniquetear torpemente el vehículo, al que no se le notaria nada hasta el cambio de conductor ( eso si dependía de mi). Para mi podía ser algo medianamente divertido y altamente productivo.

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Montado y con una música tan ratera como yo sonando, a la antigua usanza. Con el termo de café en el copiloto, y a una velocidad moderada para no pisar mi propia mordida, no fuera a resbalar yo mismo por sabioncillo. La idea de cambiar el camión a 126 kilómetros de la frontera y la encargarme de no dejar ver la avería, conducir por carreteras secundarias algo tediosas que no me hacia ir por ningún sitio que me pudiese encontrar con paradas fortuitas u obligadas.

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Fotos tan antiguas que rezaban por nosotros y nos miraban pidiendo respeto al volante y, de vez en cuando nos ponen velas. Los muertos saben de sobra quien va a volver y quien les acompañaran las noches claras. No tienen conciencia y saben de sobra para quien son las luminarias. Recuerdan citas, situaciones, lugares y hacen horas extras, no quieren volver a los sitios que pertenecen. No queda más remedio que compartir,  los días anteriores pasan despacio y dan motivos suficientes para olvidar las alegrías, tal vez puedas elegir donde vivir, después de morir, de provocar tu propia sangría.

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