Monumentos señoriales

 

Demasiado tiempo esperándote. Bajo la lluvia y el crepitar de mis cigarrillos. Nunca fiel a la misma marca. Me gustaba saborear los de siempre y los que iban saliendo, como un pequeño gourmet del humo. Sabía de sobra que era un vicio que me mermaría la vida, pero al fin y al cabo, el estar allí debajo de la lluvia esperando a alguien a quien le importaba un pimiento y seguramente se había olvidado de la cita 5 minutos después de haberla concertado, tampoco me hacía mucho bien a mi ya cascado corazón. No debía de fumar y sin embargo succionaba un cigarrillo con una avaricia aristocrática era un apéndice que resultaba un lujuriante en mis manos.

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O por lo menos era lo que decían las dos mujeres más importantes en mi vida. La barba a punto de entrar en deflagración con la punta del pitillo y mis manos jugando con la llama del mechero siempre les había llamado la atención. Mi pequeño secreto a voces. Cuando encendía uno es que alguna cosa me pasaba por mi cabeza. Jamas echaba un cigarrillo de esos desestresantes si no muy al contrario. Verme fumar era señal que estaba pensando muy en serio en algo o en alguna forma de resolver un problema que me atañese de forma personal y me tocase personalmente las narices, o el corazón.tumblr_nlqdzxtjDa1ra6l6qo1_500.gif

No había venido a la cita y eso solo podía significar dos cosas o que estaba muerta o alguna cuneta ( improbable, pero nunca jugaba con los porcentajes ) o que no me tomaba en serio. Bajito, feo, regordete y con una barba y pelos que hacían de mi el malo perfecto de una película de dibujos animados la hacían tomarme poco en serio. Yo a mi manera tampoco lo hacía, cometiendo de vez en cuando algún que otro exceso que después pasaba factura con albarán incluido.

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Tan solo tenía que decir su nombre a la persona adecuada y ella se le complicaría la vida de forma poco común, y es que a pesar de mis malas costumbres, mis vicios eran los suyos, pero yo no era visible para el resto. Ella lo sabia de sobra y era raro no encontrarla en la boca de alguien cuando uno salía a pasear. Siempre para bien, unos grandes elogios , y unas envidias que hacia que uno se preguntase que clase de deidad era, si no la hubiese visto en persona. Claro que todo eso también se podía cambiar totalmente. Una sola frase mía o una buena foto de las que poseía y caería de su trono a patadas, la echarían a puntadas sin preguntar donde dejarle el equipaje, que seria quemado por miedo a contraer la sarna o cualquier enfermedad que pudiera rondarla.

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Me encuentro solo en un parque. Precioso, seguramente, recién brotado, con unas flores espectaculares, en una mano mis pitillos de colores en otra el encendedor, uno de oro que hace tiempo me regalaron con el poder de tirar por tierra toda su carrera. Y me pregunto: ¿por que nadie quiere a los tipos como yo? , ¿ por que en los reinos no se escucha a los bufones?. Somos personas con ojos y labios, sangre roja que a la azul diluye. Como esta noche.

 

 

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