Café de fin de semana

Temblando al despertar el día. Como si viviera con la persona que más admiro. Confundo mi epilepsia, con un amigo afable que viene a darme los buenos días y duermo sobre ello. Todos mis líquidos y buena venturanzas. Alguien me tendrá que explicar que acabo de vomitar sobre la almohada. De poner por octava vez a sonar el mismo disco, que atrona a todos menos a mi. Sobre el suelo convulsionando al ritmo que conozco de memoria. Delirando una vez más. Espero a las camillas que reconocen mi cuerpo. Los cigarrillos que me dejaron salen a la calle a tomarse un respiro.

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La compra espera en la puerta, mientras se pudren los frescos. El mechero me alumbra la vuelta. Lapiceros con la mina corta para clientes fortuitos que roban con afán de protagonismo. Relleno los huecos en blanco con palabras que rimen con siniestro. Un papel que se me da bien, según los que tienen que corregir todo lo que escribo. Son incapaces de permanecer despiertos antes de las 12 del mediodía. Puede que en una nueva vida hagamos algo de provecho. Ahora mismo permanecemos en barbecho de cualquier creencia. Somos humanos, aunque nos comportamos como unos animales sin ningún tipos de sofisticación.

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Se rompen la mayoría de cosas que mantengo entre mis manos, se estropean en un por que si que dibuja un circulo, que prefiero no seguir. En algún momento me debe  tocar a mi. Creo que todo esta de paso, así que procuro no prepararme demasiado. El día que sea mi turno miraré de frente con un cigarrillo electrónico y me desfiguraré en todas las partes posibles en que le de tiempo al pelotón de fusilamiento a rasgar ninguna de mis vestiduras.

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Salgo a comprar sin mucha fe. Mientra la tinta del bolígrafo se seca y deja pasar el tiempo entre teorías que no entiendo pero que les funcionan a otros. Yo simplemente me arrugo, y veo como las hojas pasan de verde a marrón y por alguna causa se caen. Tampoco yo voy a hacer nada por evitarlo. A todos nos escuece la cara después de un buen pelado. Podemos observar como no somos los mismos. Estamos más viejos. Y apenas aprendimos nada. Eso si tenemos las anécdotas más frescas. Y formas de contraatacar diferentes a los problemas de antes.

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Ahora seriamos capaces de morir de cien mil formas diferentes, con las botas bien calzadas sin ningún miedo absorbido. Sin darnos cuenta que las suelas gastadas nos dejarían en el barro, con cieno hasta la garganta. Hoy es la sustitución de lo que fuimos. Morderemos las yugulares. Nuestras manos un incendio.

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Un comentario en “Café de fin de semana

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