Luces de vendaval

Sentado en los mismos lugares de siempre, en diferentes horas. Con la gente cambiada y un pequeño dolor de cabeza que arruina cualquier pensamiento. Eso no es motivo para que no vuelva a intentarlo una y otra vez. Con una mosca que en lo único que se molesta es en molestarme. En ocasiones pasan las mismas caras que al anochecer se desdibujan tras un cristal. Ahora en estos momentos en que las agujas del reloj se encuentran desordenadas tan solo hace falta un poco de viento, y un sol que apenas se adivina para trastocarnos los gestos de la cara.

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Quisiera tumbarme, pero el código del buen comportamiento me lo impide. Tal vez eso. o el dolor en los huesos. Las puertas cerradas en la cafetería en la que huele a chocolate recién hecho, después de los licores. Mojar churros al ser incapaces de vernos reflejados en nuestras bebidas calientes, o a pesar de ello. Nos hablan de donde nos escondimos las mejores jugadas, y de los vasos derramados por los amores perdidos. Por fin algo que entiendo a pesar que se me queda pegado entre la garganta y el esófago. A mitad de una explicación que nunca termine por dar. 

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Escucho con agrado el hilo musical que taladra cualquier lista de éxitos que hubiese hecho cualquier noche anterior. Lagrimas de sangre para la camarera que se encoje de hombros ante la tercera balada seguida. Rescatada del olvido. Pido un segundo café. Con las ganas de convertirlo en un carajillo. Debajo del cartel de prohibido fumar se agolpa una pareja que se lían un par de cigarrillos y al final intercambian. No se si es valiente salir a la calle a notar el humo azul delante de mi visión. Parece que todo cambiara después de gastarse 10 minutos de vida y sentirse el pecho arder.

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Salir y continuar andando hacia la parada de autobús mas lejana, con tal de notar el frío. Se niega a remitir en ciertos días en los que nos debería de quemar la luz. Dar pasos pequeños en busca de algo que no terminamos de entender. Quizas más lejos seamos capaces de respondernos. O notar como se rompe la piel. Figuritas de cristal de una vez por todas. Soy capaz de pasear inadvertido entre las calles más pequeñas dejando las huellas marcadas. Mientras alguno que otro vuelve la cabeza intentando adivinar donde se recreo ese rostro que acostumbra a otros olores  y periódicos usados.  

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Asiduos de los recortes que nadie vigila. Un movimiento impar en los brazos de un amigo incapaz de vigilar la retaguardia en los instantes  de nieve crepuscular. El momento adecuado para aparecer, sin que a nadie le importe la venganza del tiempo, ni los porqués. Cierto sabor agrio que se confunde con los segundos en los que te encuentras y no debes de decir nada, excepto el abrazo. Calles que bajan, y nos arrastran a la peor oportunidad de lo que creímos un alivio. Pasear por la calle, confundirnos con los demás, Fuera, con un guante perdido. Con las caricias ganadas y los brazos partidos. Las puertas de los detalles.

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De sobra

Con los pulgares hacia arriba. Como si tuviese algo que celebrar. Una victoria a mi propia manía. Nada que descender. Mi propio profeta. Mientras se me caen los anillos una vez realizado el plan. C…

Origen: De sobra

De sobra

Con los pulgares hacia arriba. Como si tuviese algo que celebrar. Una victoria a mi propia manía. Nada que descender. Mi propio profeta. Mientras se me caen los anillos una vez realizado el plan. Culminado una vez dentro. Con las orejas gachas después de ver el cuerpo yacente de un amigo. Nadie saber recuperar el pulso de quien se ha visto por un agujero que todo lo atrae. Antes o después atraídos por el abismo. Me pongo deberes y soy incapaz de dormir en una cama tibia y húmeda que me propone ojos abiertos y sonidos escrupulosos.

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Todavía desarmado por mucho que tengo un pie fuera. Corre el agua y me muerdo la lengua. Duele y soy incapaz de sangrar. Darme ese pequeño gusto para escarmentar. Puntos e is desbaratadas. Todo en el mismo lugar y luego sobra sitio de forma que nos sentimos incómodos con el silencio prolongado que nosotros mismos provocamos. Dando vueltas por una habitación abierta en la que nadie se atreve a cruzar el umbral. Todos los desperdicios tirados por el suelo. Cada vez que me agachó soy engullido por ellos. Coloco mi mente más propicia y se queda a la mitad.

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Intentando algo que soy incapaz de recordar cuando me levanto. Como si por ello fuese a ser amigo de tanta inmundicia. Se me quedan tantos huecos por rellenar que la escalera de caracol pliega sus peldaños y se convierte en un tobogán, en una bajada constante. En la que no existen agarraderas. Después al mar con sus corrientes, en las que me dejo llevar para terminar siempre rodeando tu vientre. Lo que nace y lo que debe de significar vida y a mi se me atraganta. Una nueva forma de permanecer en secreto. Mientras se llena de epístolas el jardín que conocimos. Lejos de ser sagrado o fortuito.

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Lo que entre los dos plantamos para disfrute de nuestros vástagos que juegan con las ramas y las raíces cerca del agua dulce. El mismo que poco a poco fuimos llenando de otros elementos de alma más oscura que desean la flora y la fauna. Batiéndolas, regándolas con su densa sangra en las orillas y las cunetas. Las que pusieron rejas para que no escapara nadie. Murieron los deseos, y los lugares por donde se anunciaban nuevas historias, y al oído me contaban las fantasías de los seres en los que nadie cree.

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Vivo tumbado boca arriba mirando el cielo, pensando en las nubes y en sus formas hasta que ellos tienen a buenas el acercarse, y ofrecerme alguna historia, y algo de comer. Intercambiamos jugos, viandas y miradas. Sin dejar de confiar los unos en los otros. Esperando tiempos mejores. Cuando la lluvia arrecie y se pueda salir sin que roben el tacto de terciopelo las escopetas o las mentes más negras. Damos vueltas y hacemos piruetas sobre el verde. Empiezan a sonar músicas e instrumentos de madera. Sin tener nada que recordar, escribiendo el presente, sin nada que contar de antes, sin apresurarnos al después. Cantando, silbando, siendo en este momento. Vivos e inertes.

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Deberes

Cada uno tenemos una serie de deberes adquiridos según nacemos desde pisar la cabeza al que tenemos al lado, por que si no, no comemos a saber ciertas cosas. Por que ser personas exige serlo. Contr…

Origen: Deberes

Deberes

Cada uno tenemos una serie de deberes adquiridos según nacemos desde pisar la cabeza al que tenemos al lado, por que si no, no comemos a saber ciertas cosas. Por que ser personas exige serlo. Contrario a ser antes e intento explicar. Los nuevos miedos se clavan en cada sitio al que vamos. Donde tenemos que admitir que es responsabilidad nuestra que nos tiemble el pulso, o que no lleguemos al final del día sin una excusa valida para cada uno de nuestros fallos. Aunque intentemos acallar, terminan interfiriendo en la vida de los demás.

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Quisiera no volver a verlo, o tenerlo todo el día presente, es una decisión que se ha de tomar y dura toda la vida. Tener los pies llenos de cieno. O los dedos tocando el cielo. Tienes que saber de que manera vas a solucionar los problemas que se agarran a tu espalda. Hay nombres diferentes para cada llave, pero no dejan de abrir la misma puerta. La misma escalera que sube por sitios diferentes y te dejan delante de la misma cerradura. Hace tiempo que dudas debieron quedar disipadas en las confusiones que sangran en la mano, y por la nariz.

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Haciéndonos los cobardes hasta que seamos los mismos que van habrán la puerta Cerraduras en las dudas. Hay espaldas reversibles, personas que las mires por donde las mires siempre te darán lo peor, desgraciadamente, siempre encontraras la nuca. Nunca los ojos. a los que mirar. Encuentros huecos en las escaleras, como si alguna hubiese usado el ascensor años antes y la hubiese dejado entre plantas. La única solución desbaratada. y ahora queda el sitio. Algo tan grande que merecería esconderse allí dentro, o por lo menos sus ganas o el corazón. Tu y solo tú sabes, que algo tan grande se puede perder esas pequeñas cosas tan llenas de valor.

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Me tendría que reiniciar a mi mismo, y comenzar de cero. Aprender que cuando algo se gusta se puede rellenar con algo más que de buenas intenciones. Las mejores acciones también existen. A pesar que no son la persona idónea para pasar el platillo en este tipo de sermones. Me acusan que no soy divertido, ni serio, que no aprendo de mi. Que si alguien se larga de mi lado no me moleste ni en tirar las fotos, por que nunca las tuve.

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Que fui frío desde el primer día y el resto tras de si, y es que me paso buena parte del año pensando en el invierno. Que probablemente tenga menos memoria que un Spectrum, pero tengo un corazón indeleble. Si se apagan las luces sigo viendo. No creo totalmente en la oscuridad. Ni que en ella los objetos tomen compostura, somo nosotros mismos, nuestra mente los que deformamos a nuestro influjo cuando no estamos a gusto. Como seres oscuros que desparramamos dolor, sin darnos cuenta y alegremente para tranquilidad de nuestras deudas. Tu sin embargo luz, con un poco de suerte alumbrarías la habitación vacía en la que nos encontramos.

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Inocuos pensamientos que no recuerdan más allá, de saber que el mal puede comernos lentamente, poco a poco hasta retorcernos. Con los cajones dados la vuelta, completamente humillados y llenos de un aire oscuro, casi pestilente, te espero. Guardo las manos. Los tiempos sin sincopa, los dedos llenos de recuerdos aquellos tótems, los días entorpecidos. Tu más sabia, vuelves luz mi averno, mi hueco, mis huesos con sol oscuro. Te espero desde hace tiempo, donde empiezo. 

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Sin agravios

Había disimulado y siempre lo había hecho bien. Incluso en su casa cuando era pequeño y le horrorizaba el salir los fines de semana con la familia e imaginaba todo tipo de atrocidades que podían acontecer al cruzar el umbral de la puerta.  Y ponía buena cara, a sabiendas que un día de picnic en el campo podía significar morir ahogado en el río. O ir al zoo como planeaban sus padres y hermanos con toda laxitud no era más que darle pie a los leones para convertirse en un fabuloso bocado.

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O esos malditos malhechores que pululaban por las calles y avenidas de su ciudad natal que si se enteraban que cada fin de semana ellos abandonaban la residencia familiar podrían ponerse de acuerdo para apoderarse de los bienes y joyas que poseían, incluyendo la colección de cromos y canicas caras que tanto esfuerzo le habían costado conseguir. Si, había que decirlo, vivía en peligro y en el engaño desde pequeñito y no escatimaba en detalles para oponerse a ello. No era miedo ni una imaginación demasiado desarrollada, simplemente la realidad se podía torcer y hacer que algo saliera bien a lo largo del día pero matemáticamente y prácticamente todo era una temeridad.

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Así que había que tomar las medidas pertinentes y eso incluía levar cascos, coderas, rodilleras y contratar un seguro y si no se tenía pues se buscaba, que la vida de uno vale mucho. Me busco en ciertos lugares, mientras mis mentiras son incapaces de salir a relucir. La gente quiere aplaudirme , y soy incapaz de soportarme durante los últimos 90 minutos que duro mi confesión. Me pude haber ahogado con mi propia saliva o sudor. Vienen a verme y juntan sus manitas en señal de reconocimiento  mientras suenan Plaf plaf plaf, verdaderos aplausos. Debería de sentirme bien, pero me agobio como cuando era pequeño.

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Me dirigen sus aplausos y lo único que quiero es salir por cualquiera de las portezuelas escondidas del teatro. Podría retirarme una vez más y decirme que tengo pánico a que me contagien algo, pero en realidad no quiero hablar con ellos y me repugna esa parte de mi ser, como el marco lleno de mugre de la puerta por la que salgo. Me hablen de lo que me hablen tengo la sensación de tener que reducirme con sus pequeños cerebros que no entienden mis teorías. Insignificantes.

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Quiero que me entiendas, que no me hagas sentir que hablo con un bebe. Ajo, ajo, gu gu, tate. Como me gustaría perderme en esas pequeñas luces que de vez en cuando estallan en mi cabeza. Que me permiten moverme detrás de todo aquello en lo que creo. Tengo luces y sombras donde se esconden las vulpes, con una sonrisa agria, corren detrás mio y saben que me pueden intentar atrapar. Cogerme es casi imposible, incluso sangrando en el tiempo, que se expande en las palmas de mis manos y se extiende como una última muestra de algo con lo que tengo que realmente convivir. No se si un día o un año.

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Me llaman las luces, las voces, los animales y son ellos los que son capaces de ponerse delante de las estrellas y alargar los segundos hasta convertirlos en una medida de tiempo inexacto, en lo que tú no conoces y sin saberlo habito. Cada segundo más mirando, pierdo la noción de persona y necesito guardar al alguien en una cueva profunda, mientras los demás creen de mi lo que se les antoja. Yo creo en el naufragio. El que fue, el que se equivoca, el que se arrastra por el suelo. Ese bicho raro.

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Pedidos extranjeros

Me resultaba extraño salir de mi propio agujero. Y lo hacia cada día. Ella me había pedido que no lo hiciera en caso que hiciese falta. Y me hacia creer que le daba patadas en su tumba. Colocaba cada objeto que me dejo después de su muerte. Sabia que aquello debía  tener alguna explicación. Mientras se postulaban en mis puertas sus parientes más cercanos. No era yo quien les iba a dar el gusto. A pesar de hablar con ellos de vez en cuando. Me imagino se figuraban que todo era oro y preciosidades a los que tenían que dedicar algo de su tiempo.

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En verdad solo ella y yo nos preocupábamos por aquellos objetos y les dábamos un valor sentimental. Más allá del económico. Como a las guitarras. Unas valían una millonada y otras cuatro monedas, pero todas nos habían acompañado el tiempo suficiente y las habíamos sacado los sonidos necesarios para que cumpliéramos delante del resto. Casi nos quedamos sin algunas de ellas en un par de aduanas. O los ordenadores obsoletos donde guardábamos las maquetas viejas. Donde encontrábamos explicación a lo que ahora hacíamos. Me quedaba solo ante tanto peligro.

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Y en la puerta gente que no veía en años preguntándome cual era su parte del pastel. No existía día en el que no tuviese que salir a explicar que no quedaban dulces para ellos. Lo que escondía dentro de tanto cartón, permanecería a buen recaudo. Para noches sibaritas en las que me preguntase como sucedió todo. A solas, para paladear una amistad que venia desde la pubertad. Saltar a los trenes cuando aun estaban en marcha, agarrarnos a los coches en patines o simplemente largarnos al campo en el momento que nos viniera en gana. Dejarlo todo y desaparecer. Para encontrarnos frente a frente.

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Disfrutar de lo que teníamos al lado. Del día. Y más tarde del anochecer en un lago o un acantilado al subir una montaña. Así lo veíamos todo un poquito más claro. Se había empeñado en dejarnos y nosotros ( especialmente yo ) en que no nos dejara, pero un compromiso es ineludible, y más si es con la huesuda. Que nos tambalea a todos. Taponándonos los oídos, como cuando nos falta oxígeno. Dejándome sin aire para dar la siguiente bocanada. Cerrándola los ojos. Sin dormir. Confudiéndola en el día que vivía. Según falleció no lloré.

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Bajé a desayunar chocolate con churros como cuando volvíamos de farras, y me deje volcar sobre la cama que tenía al lado. Para llamara casi toda la gente que debía incluyendo a agente y familiares. Ahora me tumbo en los cartones y te recuerdo. A solas. Saldremos de esta. Con nuestras canciones rotas.

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