Manos sin distancia

Se pueden esperar. En cualquier rincón. Sin apenas mirar a nadie nunca. Con la cabeza agachada. Todos los mejores acabados. Una sensación plausible, cuando no hay nada que hacer y se acercan las camareras a llenar las tazas de café. Como si nos encontrásemos en otro lugar. Puedes ponerte a recordar, pero por esos ni pagan ni a nadie se le devuelve la vida. No es rentable. Sonidos de trompeta que acompañan los funerales. Y nosotros solos en la misma cafetería de siempre. La que nos ha visto hacernos viejos.

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Retirarnos por enésima vez. Con suerte esta seria la buena. Labios pintados y ojos morados por los golpes de la vida, y algún que otro matón. Lo que me apuesto es normalmente mis pasos. Pero si alguien quiere entrar al trapo también es bienvenido. Desde tu carita guapa, al que truca los dados. Cuadros colgados que desde mi punto de vista gastan algún tipo de desnivel. Como tus palabras a la hora de cumplir promesas. Que ahora son poco más que letras con flacas deidades que las soporten. Montañas imposibles de subir. Por falta de apetencia. LLenas de francotiradores que vigilan nuestras cabezas. Día tras día.

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Debemos de hacernos cargo de caras numeradas que no se nos permite el estar al tanto de vivir o no. Me arriesgaría por ti, una y otra vez. Extintores vacíos. En un verano absurdo. Que se permite el ahogarnos en cada instante. Sin podernos marchar a pesar de tener todas las carreteras abiertas, y bombardeadas. Estado de sitio. Excepto para los perros muertos como nosotros. Velas que se apagan, sin otra luz que nos alumbre por la noche. Permanecer quietos casi inertes para que nadie sepa donde permanecen las crías agazapadas. Colas para conseguir pan duro que horneó hace más de tres días.

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Puedo verte de lejos. Debo de permanecer callado. Sin decir nada. Sin llamar la atención. Sin poder besayunarte cada mañana. Algo que me irrita. Me choco conmigo mismo y, me debo de fustigar una y otra vez. Toallas mojadas en el suelo. Anoche puede que estuvieses aquí , permanezco en el piso tumbado. Donde posiblemente te sentaste a cenar mientras tu propio infierno te rodeaba, y todo caía sobre ti. Separaciones que no tienen ningún por que ronroneandome la cabeza. Las propias mirillas telescópicas que se bautizan con sangre y alcoholes baratos. Pasos certeros hasta que alejo la cabeza de la pared.

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Algo se escapa y debo echar a andar. No todos los finales son felices. Se tornan extraños. Perdida en una ciudad. Yo a punto de dedicarme a no escapar. Dando vueltas en espiral con las manos esperando algo de lluvia que diluya tanto polvo alrededor. Adentrarme a donde puedas estar. Encontrar tu cuerpo sin caricias o pegado en la pared. Lo peor vivido. O una vana esperanza. Lo único que no se puede perder son las ganas de molestar. A quien sitia. A quien de ti no me deja encontrar.

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