Bolsas de te caducadas

Paseaba a ratos por zonas que conocía de sobra esperando encontrarme igual de concentrado que cuando era más joven y me podía permitir correr todas las mañanas para despejarme un rato. Ahora un poco más mayor pasaba por zonas que me eran familiares y procuraba alejarme poco a poco. Llegar a casa y abrir la puerta. Un sonido que me engullía, sin saber exactamente su procedencia ni el color de las paredes. Aquella chica cantaba y me observaba como si me conociese desde hace tiempo ya. Se paseaba por medio de la casa medio desnuda y se refería a mi nombre que no era el mio, sino uno cariñoso y cursi.

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Me senté y engullí con cierta premura sus manjares nada pretenciosos, y con materias primas baratas, que había dado lugar a un banquete palaciego. Mientras ella me observaba con una toalla en la cabeza y me preguntaba con un rigor digno de la inquisición. La verdad no sabía que responderla. Aunque era perspicaz y acertaba con todos los detalles su cara me era completamente ajena, nunca había visto sus rasgos, ni me sonaba su ropa. Sus maneras me resultaban extrañas pero nada forzadas. Me tumbe en la cama, excesivamente grande.

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Intuí que era la mía pues la otra estaba ocupada por una cría de 7 u 8 años. Pronto ella, bastante más calmada y con un tono de voz muy dulce, llamado a calmar cualquier temor que tuviese sobre la vida en si, me llamo. Hicimos el amor. Yo, ardientemente con una desconocida, ella de una forma ardua y dulce con la persona a la que quería desde que era pequeña. Entre sus sueños no paraba de repetirme que me tranquilizara. Ya habían pasado dos meses y nadie sospechaba que envenenásemos a mamá para cobrar la herencia, a la para que decía esto me buscaba las manos y las estrechaba con fuerza. Eramos libres para vivir tranquilos nuestro amor.

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A la mañana me marché , y de vuelta, ante de llegar a mi lugar de trabajo habitual, un poco sombrío pero habitual y, de una forma mecánica terminé mi jornada. Volví dando un ligero paseo a casa, de forma directa, decidí no correr, pero si caminar muy deprisa e ir con el chándal puesto. Me cambié en el baño del trabajo. No me entretuve, quería volver para ver que me esperaba. Moví la llave sobre el picaporte y esta cedió. Lo primero que me llamo la atención fue el color de las paredes, y las cristaleras por todo el pasillo. No podía entrar en el salón que era de cristal de arriba abajo.

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No pude evitar centrar mi atención  en las botellas llenas de líquidos de todos los colores, lo que presumían eran licores. Me serví de uno de esos espirituosos tan bonitos. Amargaban en el paladar pero en la boca era dulce como la miel y su sabor era realmente bueno. Me senté a observar el atardecer desde el sofá por la ventana hasta que llego una chica rubia, según sus palabras mi amiga, mi amante, mi compañera. Sentó su cabeza sobre mi regazo y dejamos que el sol se ocultara y diera paso a la noche.

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Me besó y sacamos de la nevera una bandeja de sushi. Cenamos en la cocina, en unos taburetes altos, comiendo el uno del otro, y derramando champan de su marca favorita, Veuve Clicquot, que ella había comprado camino a casa. Después nos devoramos el uno al otro, sin tener la más mínima prisa, y al terminar solucionamos los problemas del mundo, sin que quedara uno solo. Pusimos fin a la decadencia de este siglo y a la del próximo. Mejoramos cualquier problema que se nos puso por delante y, aturdimos al pensamiento colectivo.

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Me quede dormido en el sofá, el tiempo se fue volando, y de madrugada me desvele. La pude ver en el baño dormida, tranquila en el suelo, con la cara apaciguada y feliz, adormecida pero aun despierta. En una mano sopesaba la esperanza, en la otra sujetaba una aguja. Por su gesto creí adivinar que era de heroína, pero me confeso que era una mezcla con morfina, ya que era lo único que la hacia olvidar. La llevé a la cama y la intente tranquilizar. Se acostó vestida y me impidió ponerla el pijama. Prefería llevar ropa de más desde lo de su violación. Pase el duermevela junto a su cama. Ni ella ni yo quisimos movernos. Juntos. Se paseo el amanecer.

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A la mañana siguiente tenía una taza de café en el microondas y unas onzas de chocolate negro sobre un plato de frambuesas. Una nota deseándome un buen desayuno. Cuando salí de allí , casi me pierdo para llegar a mis quehaceres. Empezó a llover justo en el momento en que entraba por la puerta. No sabía volver, el aguacero estaba poniendo en peligro mi carrera diaria. La manera de poner mi mente en blanco. La forma que tenía en realidad de no volverme loco, enraizar con la tierra y fundirme con el cielo. Pero no quedo otra…antes de queme llevar el agua tuve que volver a casa en Metro.

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Estaba atestado, nos apretamos los unos contra los otros. Los cuerpos, los olores se fundían, no estaba muy claro donde terminaba uno y donde empezaba el resto. Bajé en mi parada. A pesar de que era casi imposible bajar del vagón y, que mi casa quedaba un poco retirada de la parada, pero al fin y al cabo mi permitiría disfrutar del aire y de esa pequeña caminata que me permitirían organizarme para el día siguiente. Una excursión conmigo mismo. Escuche sonidos fuertes antes de llegar al portal, entre música y gritos, unas veces desacompasados y otras  como algo celestial. Que me hacían sentir algo dentro. Algo bueno.

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Me fui acercando a la puerta, y antes de rebuscar mi llavero por la ropa, me di cuenta que la puerta estaba entornada y se podía pasar sin más. De allí salia un rico olor a incienso. También fuerte. Los golpes no eran menos escandalosos, pero los atenuaba la música. Por lo visto de allí provenían. Música de guitarra, flauta y unos tambores extraños. En realidad todo junto sonaba bien. Con un poco de respeto empuje la puerta, en ese mismo momento pude ver como por el suele habían tirados una gran cantidad de instrumentos y cachivaches. Alrededor también se encontraba gente fumando sishas que saludaron con la mano.

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En ese preciso instante una chica que tocaba un bajo acústico dejó caer su instrumento y se abrazo a mi. Me comió a besos, lamió mis heridas y entre todos, que eramos un gran puñado de gente preparamos la comida. Almorzamos en el suelo y fumamos hasta quedar exhaustos, mientras reiamos unos de las tonterías de los otros. Mi chica permanecía acurrucada a mi como un gato, y de vez en cuando ronroneaba si la dejaba de hacer caricias. Solo faltó un rato, el que hizo falta para que la segunda vez que fui me la encontrara colgada de la cocina…

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De algo por incauto me di cuenta, da igual donde vayas , a quien te encuentres. Donde ponga mi norte, donde voy , me llevo mis pedazos, mis heridas que solo yo las se. Conozco mis secretos y mi obligación de amarles. Donde quiera que me aposente la ponzoña no es tan imprudente como yo, y me busca, reclama al responsable. Cada uno a de librarse batalla con sus propios terrores. A cara descubierta.

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Tierra de nadie

Recuerdos que nos negamos a que sean parte nuestra, y no dejan de asomarse por las ventanas de cualquier cosa que hicimos. Condicionando lo que somos ahora. Moscas en la herida. LLagas purulentas q…

Origen: Tierra de nadie

Tierra de nadie

Recuerdos que nos negamos a que sean parte nuestra, y no dejan de asomarse por las ventanas de cualquier cosa que hicimos. Condicionando lo que somos ahora. Moscas en la herida. LLagas purulentas que nos chupamos con la esperanza que algún día cicatrizan. Saben a sal y dudan como si exprimiéramos un limón encima de ellas. Se conocen bien y solo tienen que estar ahí para recordarnos quienes fuimos. Con un colador en la cabeza que no nos protege de nada y nos deja pecas expuestas de nuestro propio dolor. Correr de un lado a otro. Como si así fueran las costras. Son parte nuestra.

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Viajes innecesarios. Comienzo a sentir la necesidad de estar solo en esta marabunta de dos, donde las herramientas sirven para escarbar un poco más abajo. Hasta ver la pus. Los trapos sucios con los que nos cubrimos se embadurnan y se pegan a la piel, dejando un olor a podredumbre y a infecto. Trago todo, con delicadeza pero todo lo que se me viene encima es como un vaso con truco de una botella hueca. Aire que respiramos y esta infecto. Los dedos sujetos con gomas elásticas, que ceden lo necesario para hacernos ilusiones y después machacarlas de golpe con un sonido seco. Como todo lo que aquí alrededor ocurre.

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Vuelta de hoja con una fecha de caducidad. Moho por encima de lo que tratamos de decirnos. Mal configuradas nuestras ganas. No queda más remedio que derretirnos en el sitio equivocado, como en un ocaso del que ya no nos advertimos. Jugamos con los mismos objetos que ante por si hubiese una posibilidad de restaurar el orden establecido, y se nos escapan las palabras bonitas haciendo eco por las esquinas. En las que nos perdemos. No quedan oportunidades para los que se niegan a vender un alma en desuso.

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Desfase horario, pero nadie se va a pasar a contar las noches en vela. Con la cartera vacía de un lado a otro de las calles de una ciudad muerta. Callejones más vivos que nunca sin querer confesar a nadie lo que se les ocurre, las barbaridades para las que fueron concebidas. Mala letra, deprisa, impresa en papeles que saben la verdad opuesta. Sin sol, aplaudiendo a la luna nuestros crímenes favoritos, al calor de nosotros mismos. De nuestras zonas más sudadas y pestilentes. Pasando el rato, dando saltos de dolor o alegría según venga el caso.

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Encerrados en carretera abierta. Ningún camino nos dirige lo suficientemente lejos de lo que nos hemos convertido. Ando hacía atrás y comienzo de cero. Sulfurando por las aberturas de mi cuerpo y por cada mentira dicha. Comulgó con mis pasos y reanudo los golpes sobre las paredes que me encierran. Intento doblegarme , volver a ser lo que era, pero nuevo. Escuchar, salir de este paraíso de mierda. Volver al que colocaste, al que te prometí. Revuelto por mi. Curado de imprevistos.

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Mecheros encendidos

Canciones antiguas que se alojan en la cabeza sin dejar de martillear. Proponiéndonos ideas nuevas. Andando solo. Sin nada que hacer a la vista. Siempre solo. Las paredes hablan, y dejan su impronta. Café en la taza que se enfría a cada sorbo, y pelos pegados a cualquier lado como si nos esquilaran cada vez que presentásemos una idea. Con la capucha puesta. Esperando siempre el vendaval. Las persianas echadas a cada paso que damos, nadie quiere que sea transformada la tranquilidad del hogar. Pasos uniformes, y de repente unos claqueteos de jazz. Nadie puede dejar de sucumbir a unos pasos de baile en la calle, y menos nosotros.

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Tanto ladrillo visto no puede ser bueno. Bajamos las escaleras y nos dejamos caer con ellas. Todo el peso que llevamos y las ideas oscuras que nos acompañan. Cada grito que acumulamos por lo que vivimos hasta ahora. Esconder dos o tres secretos por los que se nos amputaría los dedos de antemano. Notar las extremidades heladas por el viento de la calle y las palabras oídas cada mañana. Salvar nuestra consciencia de nosotros mismos. Continuar andando con un rumbo fijo para que nos sellen un trámite que nos permita seguir subsistiendo.

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Las agujas del reloj juegan en nuestra contra, robándonos clicks, y pequeños momentos de los que no eramos conscientes hasta ahora. Limándonos como guijarros. Segundas partes que se antojan horribles. Y por las que no quedan más remedio que pasar. El último sorbo de una taza que se nos apetecía llena. Otros minutos que no son nuestros. ADN  en las uñas de tanto abrazarnos a quien intenta callarnos. Lucha incompleta, perdida. Sueños lúcidos que terminan con lágrimas en los ojos al comprender el significado. Toda la noche esperando a que se repita, con la ingenua perspectiva de tener una segunda oportunidad. De salvar lo que un día sentimos como nuestro.

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Todo cerrado. Las tiendas y los ecos de los pasos que damos. Reseca la piel, podemos escribir en nuestros brazos todos los fracasos posibles que tuvimos. Dejar los cuadernos en blanco. Esperando que alguna vez tengamos algún golpe de suerte y sepamos manejar la situación. Llegar a buen puerto antes de marearnos, caer a ultramar y ser devorados. Pido de nuevo mi dosis. Por fin ha llegado mi turno y extiendo la mano. Puedo notar el peso de las pastillas en ella, y alegrarme por los diferentes colores que presentan, como si fuesen un camino a la alegría.

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Cada una de ellas una oportunidad de evadirse del cemento que forma adoquines donde tengo la certeza de tropezarme continuamente. Los columpios de los parques recuperan el color, sin dejar que el óxido o el barro los ensucie. Hasta que vuelco mi mano, y dejo caer la poción mágica. Abro las ventanas y miro el fuego. Más real, más cerca de tenerte al lado. Más real , subo los escalones y prometo no envilecerme, cambiar las reglas del juego, permanecer semi cosciente. Buscarte ahora, nunca luego. Totalmente yo. Permanecer pendiente de tus besos.

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Sale el tren

Otro escenario diferente, con una música que no conocemos. Apartamos las manos de los cuadernos, en los que se escriben nuestros nombres. Con cuidado. Noche tras noche. Nada que pueda hacer ruido traicionara al miedo. Rosas que crecen en sitios inhóspitos en los que solo crece la inoperancia y el reseco de la mente. Otra hora más. Debajo del tumulto solo quedan piedras que vas apartando frente a una pantalla. Versiones de nosotros mismos que intentan parecer algo inhóspito a imagen del espejo. Ceniza que quema todo lo que se encuentra. Se dejan las indecisiones para los perros que nos persiguen o para las propias pesadillas.

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Sin valor alguno para volver la cabeza. Canciones nuevas que deberán acompañarnos, y retumban en nuestras cabezas como himnos. Balas en la recamara de cena, que tragamos sin miedo alguno, y pudre cada uno de nuestros órganos. Donde no se puede aplicar la clemencia. Ácido que no corroe por la garganta, nada que contar. Sitiados por nuestras propias historias, y la indiferencia del tiempo. Intento moverme hacia delante para poder avanzar, por algún lugar diferente. Otra historia que contar. Presión en el pecho por el aire en contra. Necesito saber donde te encuentras. Y solo lo puedo saber por mi mismo.

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Por el olor, el sabor algo contrario a la indiferencia, algo que no se paladea igual al fracaso. Contra mi cuerpo el viento, y la falta de aire. Uñas rotas incapaces de doler, ensimismadas en su propio oscuro. Ocres todos los recuerdos. Lo que sucede se confunde con lo que sucedió. Y lo que desde ahora suceda solo depende de nuestras manos. Cogidos, unidos, con un fondo muy diferente al de los guijarros de aire que somos. Capaces de diferenciar cada pixel de nuestra relación. Dando la vuelta sobre nosotros mismos, en contra de los palos que ondean en lo alto para verterse sobre nuestros cuerpos. 

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Encontrando en cada calle la salida. Recostados del mismos lado, en la boca la misma palabra, de la mano de los pasos circenses  que nos llaman día a día a permanecer al lado, juntos.

Limpiar los antros,

de nuestra propia ansiedad.

Balas en la recamara de cena.

Peces tristes,

en una urna de cristal.

Preguntas que respondiste

en otra tarde diferente.

Otras lenguas.

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II

Poemas de niños que se nos escapan y reflejan en las pupilas, ir a verte:

Otoños de risas,

cristales sin fe,

inmaculados reflejos

delo que tuve 

de cada día pasado

de lo que supuestamente fue. Mano tras mano, caricias

nos hacen ponernos de pie.

Huidos, unidos.

Besos sabor café.

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