Teléfonos rojos

Puede que no fuese noche cerrada, pero yo al menos lo sentía así. Me paraba a mirar de vez en cuando la luna. Clara, inmensa. Que nos vigilaba cambiando de lugar. Se hacia de noche en cada esquina. Y es que ese día había podido comprobar por enésima vez que era mala persona. Escondía dentro de mi ciertas cualidades. Solo en mi pensaba. Justo cuando mejor persona me sentía empezaba a robar a mis amigos, a las personas más allegadas. De cualquier forma odiaba que la pobreza asomara la cara por mis calles. Y expoliaba sin plantearme nada.

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También dejaba en la estacada a los enfermos a los que desde el principio empezaba a ver como moribundos y como tales les olvidaba. Dejando caer una losa encima de ellos. Sin dudar un solo momento. Además me ponía enfermo el olor de los hospitales. Y todas las bacterias que se escondían en ellos. Un enfermo, un muerto que dejaría sitio para aparcar nuestro vehículo nuevo. Sin más. A lujurioso no me ganaba nadie y en quien me fijaba normalmente era en mujeres casadas o con pareja, me autoconsentia adorándolas y siendo zalamero con ellas. Hasta caían en mis redes. No lo podía evitar. Eran mucho más fascinantes.

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Además del juego que nos pudieran descubrir que lo hacia todo mucho más emocionante. Puede ser el motivo de mermar las relaciones con mis familiares y amigos. Pero en el cuerpo me lo llevo lo disfrutado. Alguien habrá en el infierno a quien contar tales anécdotas y fanfarronear. Aquella noche no era oscura pero a mi se me antojaba negra. Como si viniesen a por mi todos los que quisieran cobrarse conmigo alguna deuda. No eran pocas las que tenía abiertas por diferentes puntos, y es que me parecía buena forma que se acordasen de mi.

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Mis acreedores siempre me echarían en falta. Y esa era la manera de nunca morir. Ellos recordarían mi nombre el tiempo que hiciese falta. Aunque visitase el otro barrio. A pesar que si quisiera encontrarme de veras no seria tan difícil pues ando a gatas desde primera hora de la mañana con esta pequeña afición al bourbon que tengo desde los 15 años. Cuando me siento realmente vivo compro buenas marcas que me hacen chiribitas los ojos, pero los días de diario me acerco al chino más cercano a saldar mi deuda con el alcohol, con los más infames potinges, que me adormecen además de conseguir este  puntillo con el cual veo el mundo con una sonrisa constante.

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Algo de felicidad a cambio de salud demencial. Es un buen trato, y más llegando a mi edad. Trilero de las emociones. Mi última diversión es robar algo del tendedero de mis vecinos, bueno más bien de mis vecinas a ser posible ropa interior. Un poco cafre pero como toda mi existencia, pero divertido. Echar el rato. Prácticas de tanatopraxia a la vida cuando esta deja de emocionarme. Es básicamente a lo que me dedico a tiempo completo.

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Pero esta noche es cerrada y no dejo de preguntarme si no ha llegado el momento de ducharme cada día, de devolver las llamadas perdidas de mi gente, Dejar de deambular por las avenidas. Y los bares de dudoso gusto. Hoy me pongo a mi mismo penitencia. Volver a visitarte, te encuentres donde te encuentres, a pesar de ser un cabra, volver a ser de quien te enamoraste. Redimirme, volver a ti.

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