Nuestro nombre

Escondido entre la mugre y los sueños, sin saber muy bien diferenciar entre ambos. Me dejo pudrir entre imágenes que me engañan y quieren hacerme la vida imposible. Comiéndome las palabras que me pudieran salvar la vida. Nada es invisible y sin embargo soy incapaz de tocar la realidad. Voy paso a paso deshaciendo la madeja que yo mismo construí. Las mentiras me devuelven el guiño en las caras de personas que desconozco. Es una carretera que no tiene fin, y en cada parada se desencaja un tormento nuevo. Un saludo efímero el terminar amoratado contra los margenes de cualquier historia que nos contaron cuando eramos pequeños.

No existe una tregua a la que podamos acogernos, todos los indultos están prejubilados, y los que nos queda es hundirnos contra la fosa. Desangrarnos en el fondo hasta que no recordemos nuestro propio nombre. Los besos se han olvidado de si mismos y solo queda el del pequeño Judas que se nos acerca y resuena en nuestras orejas. Abrimos los ojos y seguimos siendo incapaces de ver más allá de dos palmos a lo lejos. Sentimos como nos parten los huesos. Las batallas que pudiéramos ganar ayer no hacen si no aumentar la negrura ante el hoy que se rompe. Todo camino al olvido.

Somos prisioneros de nosotros mismos, y de nuestras debilidades, que se asoman por los recodos para recordarnos que ya nunca seremos los que fuimos. El viento nos rompe en dos con los murmullos que trae. En los oídos las viejas historias que se contaban hace tiempo ya, en las que no solíamos salir muy bien parados. El rey tiene la traquea atravesada por una llaga de cristal, y en su voz no se oye nada más que una pequeña y sinuosa oración replicando por que volvamos con el alma partida. Puedo volver la vista atrás y recordar que era todo aquello que nos hemos visto obligados a pisar y destrozar con el barullo de nuestras botas. Bonitos parajes. Ahora desérticos.

Podría esperar a que algo viniese desde el último rincón de mi imaginación a salvarnos, pero parece que no quieren sonar las campanas una vez más. El suelo es de sal y nos quedamos petrificados ante tantos infortunios que vino cantándonos el cielo. Debí de suponer que nada era una opción. Eramos la leña de este fuego, para ellos purificados, que ha de suceder. Dar vueltas y bailar es cuestión de estilo, y el mio era como chocar contra las paredes una y otra vez, volviendo a empezar de cero por enésima vez. Pero todo termina. Excepto el dolor que llevamos pegado en el pecho, y este frío que se nos agarra a la espalda, como si los espíritus afilaran los dientes. Me impresionó el primer día, pero luego recapacite, siempre hay salida. Junto a ti, hoy empiezo mi vida. Sin remordimientos. Sin ser consciente de ello.

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