Fecha de caducidad

Me siento pequeño. Sin una salida clara. Despistado. Empiezo a ver pasar las horas sin un motivo. El pesimismo nunca fue mi amigo pero parece que se abraza a mi espalda. Me confundo de camino y cambio de paso. Existe un olor al que sigo de una forma incoherente y el tiempo se acaba. Me temo que seas tu. Todo se mide como una vela que gotea y deja su rastro en el suelo, donde los segundos no sean más que la distancia que nos separa de la realidad. Y después ese miedo agolpado en los huesos como una humedad que pudre.

Empiezo a no entenderme a mi mismo. Lapidas sin nombre multiplicadas. Todos tenemos fecha de caducidad y desapareceremos sin dejar nada. Es un laberinto que nos engaña desde primera hora de la mañana donde intentamos meter nuestros sueños en una maleta abandonada. Un huracán que nos absorbe y nos devuelve rotos. En pedazos. Podríamos ver nuestra calavera desde bien lejos y no acertamos a adivinar que nos hundimos.

Soñamos e hicimos bien, a doble espacio quisimos escribir nuestras memorias, dejando que las estrellas iluminen el camino de vuelta y de repente la oscuridad. La más absoluta nada que nos come la cabeza. Pudimos ser parte del espacio y sin embargo lo único que vale la pena se diluyo. Me parece que eres la salvedad que no fue vista con anterioridad por la tormenta que ahora nos moja los pies, y nos entierra. Me enfrento solo y noto los miembros rotos, nada puede salir de este agujero con un mínimo de esperanza. Suenan de nuevo las voces opacas que nos oprimen.

Nos alcanzan los gritos e intento salir de mi propio cuerpo. Nada que pueda solucionarse. Manchas en mitad del sendero que nos impiden avanzar. Un impacto en mitad de la cara que huele a pólvora y nos destroza la faz. Empezamos como si no imaginásemos que esto tendría que acabar. Cada vez peor color. Nos preguntan y no escuchamos. No queda tiempo. Se nos comen las esperanzas. Si nos quedásemos parados estaríamos cubiertos de herrumbre. Se nos cambia la naturaleza. Empiezo a andar con paso firme. Siempre hacia tu cama.

Anuncios

La caída

Amanece un nuevo día. Debemos empezar y no se por donde. Todo se me atraganta. El sueño no termina de disiparse, y los anhelos no se cumplen. Ojala descubriera de que material estoy hecho y pudiera así llegar a comprenderme. La caída hacia abajo es imparable, y el suelo se abre para que impactemos mucho más al fondo. Se cambian las posiciones y atravesamos los momento que no quisimos vivir. Todo nos duele, y no podemos evitar ese momento. Volvemos despacio y lento, en la traquea todos esos instantes que nos fueron quitando la vida de poco a poco.

Intentamos abrir las alas, y nos resulta imposible, están polvorientas y raídas. Ya nada puede parar el golpe. Los topetazos de la vida nos esperan para volver a revivirlos de uno en uno. Y dejarnos ir. La firmeza con la que intento afrontar cada nuevo lapsus se toma sus propios rehenes. Mi conciencia desaparece. Es lo primero que cae. Destrozado y sin ninguna explicación debo de enfrentar el nuevo amanecer, y algo que parece que se agria. Nada por lo que luchar si nos descartamos el uno al otro.

Se que lo que quieres no tiene ningún tipo de solución. Así que vamos a vagar por este desierto lo más solos posibles. La medicina que necesito no la voy a encontrar a estas alturas. Los lugares más extraños no pueden ofrecerme su redención. Tan solo las pesadillas acompañan mi camino. Y la sed se multiplica. No hay nada que calme mi cuerpo. Mi alma se encuentra encarrilada hacia ningún lugar. Hacia ese tipo de destino donde todo se rompe nada más nombrarlo. Me quedo sin saber por donde me vienen los golpes, y los recibí uno a uno en la cara. Caí. Hasta que mi cuerpo no pudo más. Puede que todo se rompiera. Y no supe reaccionar.

Tu nombre se repetía por todos los callejones y no pude evitar seguirlo como a una presa y volverme a llevar la decepción de no encontrar nada detrás de la leyenda. Excepto los últimos dolores. El penúltimo estertor ante de vomitar mi propia esperanza. Algo debería de pasar, nada por casualidad. Me note con los dedos rotos, y no pude tocar el final. Algo que se clava en la garganta. Y no nos deja esperar. Los fantasmas del recuerdo nos acechan, yo me quedo solo sin nada en que confiar. Todo se ha roto ya.

Ahogado

Atrapado en mi propio sueño. Incapaz de salir, dando vueltas en circulo. Podría ser un experto en estrellarme contra el cristal mientras escucho voces que me aterrorizan y no me dejan conciliar la paz. El ansia se apodera de mi, pudiera ser que nunca me llegara a acostumbrar a tu falta, y a estas humedades que recorren todo mi cuerpo. Ahogándome. Damos un paso más y lo único que conseguimos es ahogarnos un poquito en lo hondo de nuestra conciencia.

Lo peor que vive en mi se enrosca en mi persona y parece que lleva camino de mi cuello ahogándome a ras de mi cabeza atravesándome los oídos hasta dejarme a cero, y palpito cayendo al suelo. Nada se puede repetir. Me esta comiendo las ganas de vivir sin que yo lo sepa, y permanezco en el suelo con los ojos virados, como de cristal roto que no se puede volver a armar. La vergüenza no me entiende ni yo quiero formar parte de ella e intento salir corriendo a pesar de no poderme poner en pie. Arrastrándome con una sonrisa pícara y destrozada. Algo se estropea como las flores con el tiempo. Mustio en su ser.

No se puede explicar y hay a quien le divierte. Me planteo un golpe perfecto que se convierte en una maniobra suicida. Todo puede cambiar de color en el último momento. Nunca a sido a mejor. Lo que da vueltas nos engulle y tenemos que girar a un ritmo vertiginoso que nos confunde de dirección y de opinión. Jamas sabre a que vinimos, hasta que te vuelvo a recordar. Me imagino que vendrá a devorarnos en la oscuridad. Desmembrados, permitiendo que la sangre marque el camino a seguir. En el umbral las hachas con sed, y las huellas que seguimos hasta que terminamos de la peor manera.

Hay quien nos compara, pero a estas alturas las diferencias son pocas. Un agujero en el centro del pecho. El centro matemático. Justo donde duele. Para que aburrirnos. Vacíos. Debimos de admitir que no podíamos más. Que todo se rompía en el suelo y nos engullía, y no teníamos fuerzas para resistirnos. Las dagas vuelan y las palabras malsonantes non persiguen hasta cogernos por la espalda, y destrozándola, dejando ver las heridas. Que no paran de sangrar. Algo sucumbió dentro nuestro. Hasta que pude ver con claridad, de nuevo tu cara. La razón verdadera de no dejarnos arrastrar . Empezar de menos cero. Otra vuelta de tuerca.

Alrededor

Cada mañana al despertar una nueva vida. Cambiando de propósitos a cada segundo. Inventándonos una forma de sacar la cabeza del lodo. Y dejando que nuestros pies se hundan en la mierda. Creímos que teníamos derecho y apuramos hasta el último suspiro para conseguir nuestras metas. Todas ellas acabaron engullidas por el peor de los desastres que nos podían ocurrir. El silencio fue todo lo que quedo transformando los susurros en gritos y después en soledad, que no deja de tocar todo aquello que conocemos. El peor de los lugares se nos presenta de repente y en el que nos hemos quedado a vivir.

Las semillas crecen oblicuas y de un modo oscuro, parece que solo dieran paso a arboles donde ser colgados. Y las voces de los niños lo único que saben decir son oraciones para ahuyentar a los muertos, que bailan alrededor nuestro sin ningún tipo de de pudor. No encuentro mensajes salvadores en mis sueños, tan solo la idea certera que todo tiene un fin, y este esta lejos de ser benévolo y misericorde. Aguantamos sobre la cuerda floja.

Sin un mínimo de esperanza comienza el nuevo amanecer, parece que no nos creyera. Ya no le queda fe. Una melodía que desafina y nos mira a los ojos, desafiándonos . Nada nos recuerda y sin embargo en nuestra mente permanecen miles de naufragios. Debí de contarme mil mentiras ante de permanecer callado. Ahora se vuelve en mi contra y los espejos son incapaces de devolverme la mirada por pura verguenza. Me detengo y pronuncio tu nombre, algo se abre por dentro. Alguien me dijo que te irías por siempre y desde entonces no me sujetan las manos. Pudriéndose las entrañas mientras doy un paso atrás, y mi alrededor se torna oscuro.

Sacrificios que no tienen un por que, pero se vuelven necesarios para mantenernos de pie. Dándonos asco a nosotros mismos. Prefiero no recordarme y me rajo con un cristal para ver como me desangro, y todo se torna de un color opaco. Nada debió salir como planeamos, y se revuelve contra nosotros, que tirados en una cama somos incapaces de dar con una solución. Todo se nos muere en dos o tres días, y parece que quisiéramos olvidar. Pero se nos clava en el pecho. Y al quitar la herida y beber vinagre, te puedo ver. Eres lo que queda al fin. Escupir y empezar. Lo único por lo que luchar.

Todo se tuerce

Embutido en la realidad. Metido a la fuerza en una situación que no logro comprender. Rodeado de gente y sin ser capaz de comunicarme con ninguna persona. Intentando atravesar unas paredes que se cierran sobre mi. Un motor que ya ha prendido y destroza todo lo que pilla por medio. Y en mitad de su camino me encuentro yo. La existencia parece que quisiera negarme una segunda oportunidad, así que me mezo hacia los lado de la vida, aquellos que parecen enquistarse y crear llagas que te atraviesan. Es el mundo por el que me muevo.

Alguien se queja y le oigo a lo lejos, aun por eso parece que me partieran los tímpanos, recuerdo sus palabras pidiendo mi calavera. Los funerales se suceden uno tras otro y la tierra no da abasto a recibir tanto indigente mental. Las bocas llenas de barro e insultos nos miran con el gesto torcido. Nada podrá salir como esperábamos. Todo se tuerce. Los besos son para otros, para nosotros quedaron las migajas del rencor. Nada que se mueva tiene un pequeño aprecio por nuestra vida. Como en una gran carambola chocamos y volvemos a caer.

Al final siempre hay un sitio en el que encajar, aunque sea a medias. Con los brazos torcidos y haciendo fuerza para no salirnos de nuestro lugar. Pero ese nunca fue nuestro fuerte, y nos desencajamos a la mínima. Intentando que no se note que no tenemos un hueco convenido. Saliéndonos serpientes por nuestro ombligo, cada una con un pecado capital. Señalados y sin ningún momento para dormir. No hay paz para la gente como nosotros. Se escriben canciones y otros la tararean, a mi no me queda otra que ser una historia que contar. Algo de que prevenir a los niños antes que se vuelvan demasiado malos.

En el barro leemos nuestro futuro en las pisadas que nadie se tienta a recorrer. Como pisadas que nos llevan al lugar donde se fabrican los sueños y por supuesto las pesadillas. Esas que se nos agarran a la cabeza y no nos dejan descansar ni vivo ni muertos. Todo se torna de un azul oscuro que apenas nos deja ver más allá de nuestros pies, y debemos intuir lo que sucede un poco más lejos. El frío se cuela por debajo de la ropa y ya sabebos que lo que viene no puede ser algo bueno. La guadaña cae y podemos notar una vida más sesgada. No importa los motivos, lo que nos persigue no perdona. Pero al final siempre puedo arañar un poco de luz. Un túnel en el que el humo surge más allá y lo infinito eres tu.

Nuestro nombre

Escondido entre la mugre y los sueños, sin saber muy bien diferenciar entre ambos. Me dejo pudrir entre imágenes que me engañan y quieren hacerme la vida imposible. Comiéndome las palabras que me pudieran salvar la vida. Nada es invisible y sin embargo soy incapaz de tocar la realidad. Voy paso a paso deshaciendo la madeja que yo mismo construí. Las mentiras me devuelven el guiño en las caras de personas que desconozco. Es una carretera que no tiene fin, y en cada parada se desencaja un tormento nuevo. Un saludo efímero el terminar amoratado contra los margenes de cualquier historia que nos contaron cuando eramos pequeños.

No existe una tregua a la que podamos acogernos, todos los indultos están prejubilados, y los que nos queda es hundirnos contra la fosa. Desangrarnos en el fondo hasta que no recordemos nuestro propio nombre. Los besos se han olvidado de si mismos y solo queda el del pequeño Judas que se nos acerca y resuena en nuestras orejas. Abrimos los ojos y seguimos siendo incapaces de ver más allá de dos palmos a lo lejos. Sentimos como nos parten los huesos. Las batallas que pudiéramos ganar ayer no hacen si no aumentar la negrura ante el hoy que se rompe. Todo camino al olvido.

Somos prisioneros de nosotros mismos, y de nuestras debilidades, que se asoman por los recodos para recordarnos que ya nunca seremos los que fuimos. El viento nos rompe en dos con los murmullos que trae. En los oídos las viejas historias que se contaban hace tiempo ya, en las que no solíamos salir muy bien parados. El rey tiene la traquea atravesada por una llaga de cristal, y en su voz no se oye nada más que una pequeña y sinuosa oración replicando por que volvamos con el alma partida. Puedo volver la vista atrás y recordar que era todo aquello que nos hemos visto obligados a pisar y destrozar con el barullo de nuestras botas. Bonitos parajes. Ahora desérticos.

Podría esperar a que algo viniese desde el último rincón de mi imaginación a salvarnos, pero parece que no quieren sonar las campanas una vez más. El suelo es de sal y nos quedamos petrificados ante tantos infortunios que vino cantándonos el cielo. Debí de suponer que nada era una opción. Eramos la leña de este fuego, para ellos purificados, que ha de suceder. Dar vueltas y bailar es cuestión de estilo, y el mio era como chocar contra las paredes una y otra vez, volviendo a empezar de cero por enésima vez. Pero todo termina. Excepto el dolor que llevamos pegado en el pecho, y este frío que se nos agarra a la espalda, como si los espíritus afilaran los dientes. Me impresionó el primer día, pero luego recapacite, siempre hay salida. Junto a ti, hoy empiezo mi vida. Sin remordimientos. Sin ser consciente de ello.

Susurros

Con el sueño perdido. Dando cabezadas contra las paredes. Incapaz de dormirme por ser un pájaro de mal aguero. Repito las mismas frases dos o tres veces sin ser consciente de ello. Hace tiempo que no veo la cama, y la última vez que me tumbe en una era la de un fakir. Me hundo en la tierra y soy incapaz de dar un solo nuevo paso. Todo lo que me ocurro me parece haberlo vivido hace tiempo ya. Mis amigos me ahuyentan con los mismos consejos manidos incapaces de darme por vencido.

Miro al suelo como si algo se me hubiese escapado, algo que se me escurre entre los dedos y deja una marca en mis manos y en mi frente. Marcado sigo el camino. Una línea cortada. Un teléfono que suena. Cuando lo coges, lo único que suena son suspiros y frases de despedida que se me clavan como flechas, que se hunden hasta lo más profundo de mi pecho. Sigo el sendero de los susurros, pronunciados por extraños. Donde me lleven me da igual. Atormentado bajo la luz de una farola, dando un paso tras otro. Como un penitente.

Han dictado ya una sentencia, y en ella se puede ver brillar mi nombre. Mi versión más trascendental no piensa llevarles la contraria. Empiezo a acumular negrura bajo mis sienes, y algo de vacío dentro de la cabeza. Nada me va hacer cambiar de parecer. Una gota más sobre mi cabeza como en una tortura china que me pretende desgastar, y no hago mas que seguir el sendero que me dictan mis malos recuerdos. Llega algo parecido al calor a mi, el deshielo de los sentimientos que tenia perdidos, y me ahogo en el último trago. Mezclar whisky y batallas perdidas comienza a ser algo normal y soy incapaz de tomarme el pulso que ya ha comenzado a desaparecer.

Tal vez sea la última historias que sea capaz de contar. Algo que se queda dentro mio y no me atrevo a predicar, que ha permanecido tan adentro que no se atreve a ver la luz. La razón por la que antes de ayer lloraban los ángeles. Un sitio y un motivo que antes era capaz de reconocer y ahora me gira el rostro para darme un postrero saludo. Cambian las horas y a mi me pilla con el paso confundido. En horas oscuras donde me tropiezo cada dos por tres, y soy incapaz de reconocerme en el reflejo de ese cristal sucio. Acepto la soledad. El momento en que no queda más que la escarcha. Solo, sin reconocer ni donde estoy ni donde estas. La enésima vez que soy incapaz de saber volver. Sin reconocer tus huellas.