Receta original

Se me encoge el estomago. Miro hacia atrás y sigo preguntándome las mismas cosas que en antaño. No soy capaz de discernir las respuestas válidas de lo que es puramente derroche de tonterías. Hecho de menos tu presencia y me golpeo con la realidad. Un sumidero por el cual se vacía cualquier tipo de fantasía. Tengo en la boca palabras que soy incapaz de pronunciar. Ninguna me sale si no estas conmigo. Y para eso me temo que es demasiado tarde. Las esperanzas una palabra a buscar en el diccionario, pero aquí ya no viene a cuento.

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Viajamos solo y en algunas de las paradas obligatorias somos capaces de cambiar el equipaje con ciertas personas que varían el destino de nuestro recorrido, pero el trayecto al fin y al cabo lo realizamos solos. Puedo moverme libremente por las habitaciones oscuras de este hotel al que llamamos vida. Detrás de cada habitación encontramos sensaciones nuevas, peripecias que ni siquiera imaginamos. Carne podrida en el armario. Mientras realizamos acrobacias con lo que cada golpe de picaporte nos va deparando. Tensión en el drama. Pasos que procuramos que no suenen, mientras la madera del suelo no hace más que distorsionar las pisadas. Chivar por donde vamos al resto de asesinos de sensaciones que son el resto de humanos.

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De vez en cuando encontramos compañeros de viaje como tu eras. Al que fiar la maleta y la mano. Incluso el cuello en situaciones adversas. Pero todo termina y nos quedamos perdidos en mitad de un anden equivocado. Sin motivo para llegar a ningún sitio. Con el reloj cambiado de hora y la cabeza boca abajo. Más vicios que lucidez, y el teléfono descolgado. Las promesas se pierden bajo la lluvia, y esta nos recuerda las alcantarillas en las que nos acomplejamos. Un nuevo tren, con sus baches y alguna que otra pedida de mano.

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Te hecho de menos, y sobre la pantalla negra que solías proyectar tus nuevos trabajos, en la que nos reíamos de todo lo que cabía en nuestras manos. Los malos lugares, las malas situaciones y los buenos chinos en los que nos acostumbramos a comer por que era más barato. Sin un real en los bolsillos. Aprendices de todo. Monstruos en cada esquina que redimir. Y debajo de la cama miles de soldados que pedían nuestras cabezas apátridas y sublevadas. Cada día. Cada hora un festín de historias.  Ahora camino solo y creo ver tu figura en miles de sombras por las que busco cobijo.

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Nadie era tan malo, solías decir, y desquebrajaron tu carne a tiros. Dejando tu cuerpo como un cerdo en San Martín. No vuelvo a los mismos sitios, ni frecuento los mismos bares. Aunque conservo tus amuletos que espero me hagan la misma falta que a ti. Sin dejar de molestar ni un instante. Como tu me enseñaste. Furtivo en la noche. Cada momento sacando el cuerpo del W.C. Seguimos soñando. La ilusión no nos la robaron un solo segundo. Te hecho de menos. Y vuelves los domingos , cada momento a mi memoria. Nunca te fuiste. Tan solo regresaste un  instante. Parasiempre.

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